Gratificación diferida (Columna de Brigitte Baptiste)

Brigitte Baptiste, directora del Instituto Humboldt

27/10/2014
 
The Economist de la semana pasada reporta el 50 aniversario de uno de los experimentos epicúreos más interesantes de la psicología, el “test de los masmelos”, desarrollado por Walter Mischel, austriaco, afiliado por entonces a la Universidad de Stanford.  Escuché de él por el profesor de economía Juan Camilo Cárdenas hace años, y lo reencuentro cada vez que hablamos de sostenibilidad, pues el experimento ha demostrado que el autocontrol, como la inteligencia, puede tener bases genéticas, pero no está determinado por ellas. El consumo desbordado e irreflexivo, por tanto, es efecto de la cultura y no está inscrito en nuestra sangre, aunque la epidemia de obesidad parezca demostrar lo contrario.
 
La noción de aplazar el placer, o posponer la gratificación, parece contraria a los sentidos. Habiendo comida, se come, dirían mis paisanos del Caquetá, para quienes la oferta natural de peces y frutos del bosque es suficientemente previsible como para no detenerse a guardar para el mañana. En ambientes ecuatoriales de máxima biodiversidad, sabemos que el futuro siempre tiene algo que ofrecer, por tanto, la gente confía en el ecosistema y en la capacidad humana de conversación con la naturaleza, algo más difícil de hacer si dependemos del efectivo para sobrevivir. Confiar en el futuro, dice Mischel, es un síntoma de madurez y lo comprueba cuando evalúa hoy las vidas de quienes se enfrentaron a la dura prueba de no comerse los masmelos de inmediato: resultaron personas más sanas, más autónomas y libres de adicciones.
 
Pasa lo contrario con las naciones. La adicción de los sistemas económicos planetarios a los combustibles fósiles es tal, que las proyecciones casi certeras de un aumento en la temperatura cercano a los cinco grados para final de siglo no hacen mella. Las cifras, correspondientes a ajustes empíricos de los modelos más recientes de calentamiento global, fueron reiteradas esta semana en el Congreso de Ciencias de Sostenibilidad de la Iauru (International Alliance of Research Universities), reunido en Copenhagen para discutir los avances (pocos) en la construcción de un mundo viable para nuestr@s hij@s y niet@s. La subestimación de todos los parámetros de los peores escenarios se está haciendo evidente, y, salvo que en las cumbres de Lima y París ocurra un milagro, tendremos que empezar a poner vallas en las bombas de gasolina con imágenes de inundaciones y sequías para advertir a los consumidores de las consecuencias de un modelo totalmente suicida de desarrollo. La evidencia muestra que, en la mesa de los masmelos de petróleo, nos rapamos el dulce y ya hay países atragantados. Los más chiquitos aducimos derechos preferenciales y, como un alto ejecutivo del sector mencionó en un debate radial reciente, debemos hacerlo sin avergonzarnos, porque para eso son los masmelos, para comérselos. Sin embargo, todo apunta a que la economía petrolera tradicional, ahora sustituida por las tecnologías del gas de esquisto (con mayor efecto invernadero, según la Academia de Ciencias de los Estados Unidos), opera con el afán del que llega tarde a la fiesta y, sin importar la indigestión, se “atraca” de dulces porque no sabe si mañana habrá que comer. Se dice que la sombra del futuro cercano obliga a pisar el acelerador…
 
La noción de límites planetarios comienza a hacer carrera en el mundo, y por supuesto implica no caer en la tentación de comerse todo hoy. Sabemos también que el espacio de operación segura de la humanidad ha sido superado y que nos enfrentamos, como extraterrestres, a condiciones ambientales sorpresivas, así todos los días amanezca igual el paisaje por la ventana: el Antropoceno es una realidad, y es ante todo el resultado de la acción de los países que llamamos desarrollados, glotones y obesos. 
 
Por esos motivos, si bien a pocos agrada la expresión “justicia climática”, es obvia la necesidad de un sistema global de compensaciones, que ya se ve reflejado en las nuevas políticas de cooperación que países europeos están proponiendo, bajo la perspectiva de la economía verde y la Ocde. Lo dijo la Primera Ministra de Dinamarca en la inauguración del evento: para su país, el más comprometido con las energías alternativas, vender las tecnologías de frontera es el futuro económico, además de una contribución a la seguridad planetaria. Una vez nos hayamos comido el último masmelo, con un ojo negro ganado en la pelotera con los demás niños (a Kazakhstán se lo sacaron), henchido de azúcar y colorantes artificiales, empezaremos a mirar a los lados, a ver qué sigue: con algo habrá que pagar las turbinas de viento que importemos…
 
Editorial de Brigitte Baptiste para la República: http://www.larepublica.co/

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